Cumplir es fácil. Hacer bien las cosas no lo es. Y casi todas las organizaciones que se conforman con lo primero terminan pagándolo con lo segundo.
El coste invisible
Cuando una cultura premia "cumplir", la gente aprende rápido. Aprende a entregar a tiempo aunque sepa que el trabajo no está bien. Aprende a cerrar tickets aunque el problema siga vivo. Aprende a decir que sí en la reunión para no tener que explicarse después.
El coste de eso no aparece en un informe. Aparece en clientes que se van sin decirlo, en equipos que se queman sin levantar la mano, en proyectos que se reinician cada dos años porque "esta vez sí".
Hacer bien es una decisión cultural
Hacer bien las cosas requiere que la organización lo sostenga. Requiere tiempo para revisar, espacio para corregir, permiso para parar. Requiere líderes que entiendan que un "está hecho" no siempre quiere decir "está bien".
El criterio vuelve a ser la ventaja competitiva más infravalorada.
No hace falta una transformación cultural para empezar. Hace falta una conversación honesta sobre qué se está premiando hoy.
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