Una de las cosas que más me gusta del verano son los números especiales que publica la revista “Muy interesante”. Son resúmenes algunas veces, de los mejores artículos, o bien saca un especial de preguntas y respuestas curiosas, otras veces especiales sobre temas en concreto, en fin una singularidad respecto a su publicación cotidiana durante el resto del año.
Me ha parecido una buena idea de manera que en el Proceso Social vamos a tratar de “copiarles la idea”; para ello este verano lo vamos a titula “Estadísticas y cuentos”, y durante todo el verano pretendemos publicar semanalmente en la parte de estadísticas pues algunos decálogos, ideas concretas que nos proponen sobre innovación, como reinventarnos, o como sobrevivir en el antártico.
Y respecto a los cuentos, hemos seleccionado cuatro cuentos “de los de siempre” con la idea que nos proponen algunos autores: “los cuentos sirven para dormir a los niños y despertar a los adultos”.
Espero que os guste; estas publicaciones no son originales sino que las hemos seleccionado del amplio “ofertón” que Internet nos ofrece hoy en día. Disfrutad de ellos y nos vemos a la vuelta del verano.
El último cuento es precioso, nos habla sobre lo perdidos que algunas veces nos encontramos en nuestro quehacer diario.
Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejor aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.
El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.
El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.
En un solo día corto dieciocho árboles.
– Te felicito- le dijo el capataz. –sigue así-
Animado por las palabras del capataz, el leñador se dedicó a mejorar su propio trabajo al día siguiente.
Así que esa noche se acostó bien temprano.
A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.
A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.
– Debo estar cansado- pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.
Al amanecer, se levantó decidió a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llego ni a la mitad.
Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.
Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.
El capataz le pregunto: “¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?”
– ¿afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.