Merece la pena hacer bien las cosas

Recuerdo una vez que un profesor del colegio, -creo que era D. Agustín-, me explicó que cuando tenemos que hacer una cosa, siempre sale más caro y cuesta más hacerlo mal que bien. No se me olvidará…

1 de enero de 2020· 3 min de lectura· Domingo Gaitero

Recuerdo una vez que un profesor del colegio, -creo que era D. Agustín-, me explicó que cuando tenemos que hacer una cosa, siempre sale más caro y cuesta más hacerlo mal que bien. No se me olvidará que puso un ejemplo que hoy en día todavía uso algunas veces en mis charlas. Este consistía en coger un papel e imaginar que íbamos a organizar una fiesta de cumpleaños. En una fila había que escribir lo que hacer para que saliera bien, y en la otra lo que habría que hacer para que saliera mal. Parece un ejercicio absurdo pero, si lo hacéis, veréis que para hacer las cosas mal hay que pensar bastante más que para hacerlas bien y que, además, haciéndolo mal nos cuesta más tiempo, más dinero y posiblemente más problemas. Ahora si os atrevéis hacer este ejercicio en vuestro trabajo, veréis que sorpresas encontráis más interesantes. Por ese motivo, muchas veces resto triunfalismo a muchas acciones que hago; ya que ser el rey de los ciegos porque tú eres tuerto, nunca me ha parecido un éxito. Cuando hacemos un trabajo siempre debemos mirar hacia arriba y no hacia abajo. Por eso es importante estar siempre rodeado de gente competente, y competir con los mejores; porque esa es la única forma de crecer. Yo nunca he entendido a compañeros míos, que siendo directores, sólo quieren gente que no sepa más que ellos. Yo debo ser muy tonto, porque casi siempre he buscado equipos con personas mucho más competentes que yo. De esa forma, los trabajos han sido fantásticos la mayoría de las veces, y yo he crecido un montón. Teniendo gente inteligente y buena a mi lado, siempre tenía los trabajos terminados, y muy bien hechos. Además de todo esto, debes tener métodos, procesos, herramientas en general, unas reglas del juego, o mejor dicho: un modelo de trabajo que te permita poder actuar de esta manera. La improvisación no es buena compañera. Yo estoy convencido de que las reglas no limitan: definen. Cuántas más reglas ÚTILES tengamos, y cuánto más rigurosos seamos en su aplicación, más claramente comprenderemos el problema que estamos intentando solventar, y mejor será su resultado. Si coges un modelo, y sus procesos no te parecen fáciles de aplicar, no lo dudes: recházalos. Si lo hacéis, es probable que inventes algunos nuevos propios, y serán mejores para ti porque serán “los tuyos”, concebidos por ti en tu propio idioma. Pero debes probarlos todos antes de caer en la simplicidad y la “auto mirada de ombligo”. Diariamente, veo mucha gente que tiene un modelo y otra que no lo tiene. Cuando alguien trabaja con un modelo, se nota. Las personas con un modelo discurren -sino mejor-, si más ordenadamente. No olvidemos tampoco que los buenos modelos se soportan en no muchas ideas, formando un tronco de pensamiento en el que se van colocando los racimos; de manera que la persona sabe dónde colocar cada cosa que pasa, y como están relacionada entre ellas. Pero amigos, no sólo hay que tener un modelo, sino que además hay que saber explicarlo para que lo entendamos todos. Un modelo que sólo manejas tú y tu tribu, no vale para nada. Los modelos deben tratar de ser lo más universales posibles; de manera que su aceptación y -sobre todo su utilización- les haga prácticos. Crosby solía decir que si no puedes describir lo que haces como un proceso, es que no sabes lo que estás haciendo, yo estoy bastante de acuerdo.

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